
Érase una linda mañana de otoño en una casita muy alejada de todo, una casita pequeña y rodeada de árboles. Ella estaba sentada en una silla de lino blanco con pequeñas florcitas amarillas mirando el paisaje. Era otoño, su estación favorita, y a pesar de que corría un poco de brisa fría, estaba alegre sentada al aire libre. Sonreía, sonreía como lo hacía cuando contaba con 4 años, sonreía así hace desde hace ya 6 años desde que un doctor le había puesto fecha de vencimiento a su vida. Le habían dado sólo 2 años y un mes, y la familia ya había empezado a comprar su espacio en un cementerio. Pero ella es valiente, valiente como siempre lo fue, y quiso vivir porque tenía ganas de vivir. Simplemente tenía ganas de seguir viviendo. Por supuesto que ya nadie sabía eso, con el paso de los años su voz se fue apagando y su vista se fue nublando, las pocas personas con las que podía hablar se habían ido o simplemente les faltaba tiempo para tratar de resolver sus incoherencias. Ella solía decir que a veces la vida tiene celos de uno, que está celosa porque ella simplemente es una palabra y nosotros la acción, por eso nos arrebataba algo de nuestros sentidos. Pero la vida fue justa para ella, fue justa después de mucho dolor, de mucha soledad, pero fue justa al fin y al cabo. Estudió la carrera que deseaba, y se desempeñó como psicóloga alrededor del mundo. Viajó a cuantas partes pudo, y aprendió a hablar más de 5 lenguas, tal como ella quería. Conoció a su media naranja después de 1 matrimonio fallido, después de que su marido había sido un imbécil con ella. Pero pudo conocer al amor de su vida después de ello, al que amó más que a todo y con el que concibió 3 hijos. Ahora, ahí sentada frente al paisaje, lo recordaba; lo difícil que fue lograr que todo el mundo aceptara su relación, y lo maravilloso que era estar junto a él, respirando el mismo aire. Aunque ahora en vez de mirarlo, levantaba su vista al cielo y sonreía a las nubes, desde que hace 9 años atrás un cáncer le arrebatara a su amado. Pero sabía que poco quedaba para su encuentro. En su casa ya había preparado todo: había escrito en un librito púrpura sus últimas voluntades, había ordenado sus libros estratégicamente, se había dejado crecer el pelo y lo llevaba suelto todos los días, había planchado las sábanas y perfumado toda su ropa con canela. Canela, le encantaba ese olor, creía que la canela tenía el olor del amanecer. Ahora todo tenía olor a canela, sentía el ruido de las aves en el techo, sentía al gato frotarse contra sus pies, sentía el sonido del agua de la fuente correr con más intensidad, sentía el follaje de los árboles chocar contra el viento, sentía como nunca antes había sentido; sintió ganas de levantarse y correr por todo el pasto descalza, con los brazos en alto y las manos abiertas, meterse al agua y flotar en ella, flotar hasta el infinito. Y lo hubiera hecho, de no ser que al tratar de mover una pierna sintió un dolor punzante en su rodilla, y recordó que hace 4 años dependía de sus muletas para caminar. Pero ese día sintió como nunca antes, olió canela hasta en el rincón más sucio de su casa, miró las flores con más colores y jamás se cansó de sonreír. Ese día se sintió completamente sana.
A la mañana siguiente, despertó sintiendo un extraño olor en su pieza, un sabor distinto en su boca y el sol pegando directamente sobre su frente. Entrecerró los ojos y comenzó a llamar como pudo a la empleada, en un lenguaje ilegible. Esta llegó corriendo por la puerta, era una muchacha joven y rellenita, que sólo se encargaba de asear y de hacer la comida. Llegó cargando una fuente con agua y, sumergiendo pañuelitos blancos en ella, los posicionó sobre la frente de la anciana. Se sentía aliviada. Cuando se acomodó en su cama y giró la cabeza hacia la izquierda sintió de nuevo el olor a canela que tanto le gustaba, y comenzó a mirar su habitación como nunca antes la había mirado: observó los diplomas de psicología que había obtenido a lo largo de su carrera, miro detenidamente la foto de sus 3 hijos junto a su padre en un viaje que hicieron hacia el sur, miró un rosario blanco encima de su cama y miró hacia la puerta. Recordaba cuando solía quedarse en cama los días de invierno y su marido venía con una taza de té para compartirla junto a ella sentados en el borde de la ventana. Giró su borrosa mirada hacia aquella ventana y vio cómo oscilaban las hojas de los árboles, cómo lentamente caían las hojas marrones, marchitas por el otoño. Justo cuando cerraba sus ojos para dormir, sintió una suave mano tomando la suya, y a pesar de asustarse, miró hacia aquella figura que le acariciaba su mano y pudo reconocerla al instante: su abuela. Esta sonreía llena de luz, con los ojitos dulces y tiernos, mirándola fijamente. –“Es hora, Él te está llamando, volveremos a estar juntas como me prometiste ese día, cuando yo partí a encontrarme con Él también”-. Después de que su abuela terminó de decir estás palabras, sintió una mano tocando su mejilla, pero a esta figura no pudo verla, pues casi no podía abrir los ojos, pero cuando habló, su corazón se llenó de gozo y tranquilidad. –“He venido a estar contigo el día más feliz de tu vida, estaremos juntos en la eternidad, estaremos junto con Él, quien espera ansioso tu llegada”-. Su marido acariciaba su cara con la misma calidez con que hizo en vida. Su corazón comenzaba a latir con menos frecuencia cada vez, pero su alma estaba llena de gozo y su habitación se llenó de olor a canela y a margaritas; le encantaban las margaritas. Se dejo llevar por el sueño eterno, cada vez más estaba convencida de que era su fin, pero no tenía miedo; no estaba sola, estaba con la gente que más la amaban y de seguro al otro lado también lo estaría. Antes de cerrar sus ojos, logró pronunciar difícilmente algunas palabras: - “¿Qué pasará con mis hijos? ¿Dónde están?”-, -“Ellos están bien, la noticia les llegará luego, se sentirán tristes, pero tu intercederás por ellos para que Él los consuele en su gloria”-. Cuando escuchó esto, cerró sus ojos y pude ver la luz más brillante que jamás pudo imaginar, era cálida y la estaba llamando cada vez más fuerte... hasta que se dejó llevar hacia la eternidad. Ya no había dolor, no había miedo ni confusiones. Era algo Supremo. E
ra Él. Era Todo. La mujer murió a las 15:12 minutos, un día sábado en la pieza de su casa. Cuando la empleada la fue a ver, corrió de inmediato a un teléfono y llamó a los hijos. Estos a su vez comenzaron a llamar a otros familiares y amigos, acongojados por la noticia.
Pero la hija menor, quien viajaba frecuentemente a ver a su madre y a cuidarla cariñosamente, preguntó algo más acerca de su madre. –“Lo único que puedo decirle, es que acabo de verla, y tiene una hermosa sonrisa en su cara con 2 hoyuelos de margaritas formados en sus mejillas”-.





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