Un poco de ambiente.


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sábado, 20 de septiembre de 2008

Entre las sábanas

Es de noche (aunque no muy tarde como otras veces) y debo ir a dormir. No sé, últimamente los sueños que he tenido me han marcado mucho. Empezando con la charla que tuve con dios hace semanas y terminando con el sueño enfermizo de ayer. Todo se revuelve como un guiso asqueroso, frío y crudo en mi cabeza, pero que al final como con gusto, con mucho gusto. Siento colores y sensaciones que jamás siento en mi vespertino andar, que me hacen sentir una pequeña fascinación morbosa. Morado opaco, un vino gastado y sucio, negro y café mezclados como uno sólo y ojos de niños que sufren y gritan, y yo parada en medio de la puerta disfrutando el espectáculo. Soy un dios que sabe que es capaz de cambiar lo que allí sucede y no lo hace. Lo puede repetir y crear un espectáculo mucho más perverso que el anterior... perversidad que aún estando en esa nebulosa sé que no me es permitida. Me pregunto porqué acaso no seré capaz de desear otras cosas... como volar. Me encantaría volar, aunque sea en un sueño. Pero es como si no fuera yo la que sueña, y fuera otra sombra de mi imagen que deambula suplantándome. O quizás si soy yo, y eso es lo que en verdad me asusta de todo esto. Que sea yo la que se sienta a ser la artífice (y partícipe) de cuanta escena recree en el sueño. Pero si no soy capaz de aceptarlo, dudo mucho que otros sean capaces de entenderlo. Veré si puedo ser capaz de hacer algo más que convertir en dulces pesadillas estas fantasías.

No quiero temerle a esto, quiero poder soñar sin miedo... y volar.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Un lindo guión.


Érase una linda mañana de otoño en una casita muy alejada de todo, una casita pequeña y rodeada de árboles. Ella estaba sentada en una silla de lino blanco con pequeñas florcitas amarillas mirando el paisaje. Era otoño, su estación favorita, y a pesar de que corría un poco de brisa fría, estaba alegre sentada al aire libre. Sonreía, sonreía como lo hacía cuando contaba con 4 años, sonreía así hace desde hace ya 6 años desde que un doctor le había puesto fecha de vencimiento a su vida. Le habían dado sólo 2 años y un mes, y la familia ya había empezado a comprar su espacio en un cementerio. Pero ella es valiente, valiente como siempre lo fue, y quiso vivir porque tenía ganas de vivir. Simplemente tenía ganas de seguir viviendo. Por supuesto que ya nadie sabía eso, con el paso de los años su voz se fue apagando y su vista se fue nublando, las pocas personas con las que podía hablar se habían ido o simplemente les faltaba tiempo para tratar de resolver sus incoherencias. Ella solía decir que a veces la vida tiene celos de uno, que está celosa porque ella simplemente es una palabra y nosotros la acción, por eso nos arrebataba algo de nuestros sentidos. Pero la vida fue justa para ella, fue justa después de mucho dolor, de mucha soledad, pero fue justa al fin y al cabo. Estudió la carrera que deseaba, y se desempeñó como psicóloga alrededor del mundo. Viajó a cuantas partes pudo, y aprendió a hablar más de 5 lenguas, tal como ella quería. Conoció a su media naranja después de 1 matrimonio fallido, después de que su marido había sido un imbécil con ella. Pero pudo conocer al amor de su vida después de ello, al que amó más que a todo y con el que concibió 3 hijos. Ahora, ahí sentada frente al paisaje, lo recordaba; lo difícil que fue lograr que todo el mundo aceptara su relación, y lo maravilloso que era estar junto a él, respirando el mismo aire. Aunque ahora en vez de mirarlo, levantaba su vista al cielo y sonreía a las nubes, desde que hace 9 años atrás un cáncer le arrebatara a su amado. Pero sabía que poco quedaba para su encuentro. En su casa ya había preparado todo: había escrito en un librito púrpura sus últimas voluntades, había ordenado sus libros estratégicamente, se había dejado crecer el pelo y lo llevaba suelto todos los días, había planchado las sábanas y perfumado toda su ropa con canela. Canela, le encantaba ese olor, creía que la canela tenía el olor del amanecer. Ahora todo tenía olor a canela, sentía el ruido de las aves en el techo, sentía al gato frotarse contra sus pies, sentía el sonido del agua de la fuente correr con más intensidad, sentía el follaje de los árboles chocar contra el viento, sentía como nunca antes había sentido; sintió ganas de levantarse y correr por todo el pasto descalza, con los brazos en alto y las manos abiertas, meterse al agua y flotar en ella, flotar hasta el infinito. Y lo hubiera hecho, de no ser que al tratar de mover una pierna sintió un dolor punzante en su rodilla, y recordó que hace 4 años dependía de sus muletas para caminar. Pero ese día sintió como nunca antes, olió canela hasta en el rincón más sucio de su casa, miró las flores con más colores y jamás se cansó de sonreír. Ese día se sintió completamente sana.

A la mañana siguiente, despertó sintiendo un extraño olor en su pieza, un sabor distinto en su boca y el sol pegando directamente sobre su frente. Entrecerró los ojos y comenzó a llamar como pudo a la empleada, en un lenguaje ilegible. Esta llegó corriendo por la puerta, era una muchacha joven y rellenita, que sólo se encargaba de asear y de hacer la comida. Llegó cargando una fuente con agua y, sumergiendo pañ
uelitos blancos en ella, los posicionó sobre la frente de la anciana. Se sentía aliviada. Cuando se acomodó en su cama y giró la cabeza hacia la izquierda sintió de nuevo el olor a canela que tanto le gustaba, y comenzó a mirar su habitación como nunca antes la había mirado: observó los diplomas de psicología que había obtenido a lo largo de su carrera, miro detenidamente la foto de sus 3 hijos junto a su padre en un viaje que hicieron hacia el sur, miró un rosario blanco encima de su cama y miró hacia la puerta. Recordaba cuando solía quedarse en cama los días de invierno y su marido venía con una taza de té para compartirla junto a ella sentados en el borde de la ventana. Giró su borrosa mirada hacia aquella ventana y vio cómo oscilaban las hojas de los árboles, cómo lentamente caían las hojas marrones, marchitas por el otoño. Justo cuando cerraba sus ojos para dormir, sintió una suave mano tomando la suya, y a pesar de asustarse, miró hacia aquella figura que le acariciaba su mano y pudo reconocerla al instante: su abuela. Esta sonreía llena de luz, con los ojitos dulces y tiernos, mirándola fijamente. –“Es hora, Él te está llamando, volveremos a estar juntas como me prometiste ese día, cuando yo partí a encontrarme con Él también”-. Después de que su abuela terminó de decir estás palabras, sintió una mano tocando su mejilla, pero a esta figura no pudo verla, pues casi no podía abrir los ojos, pero cuando habló, su corazón se llenó de gozo y tranquilidad. –“He venido a estar contigo el día más feliz de tu vida, estaremos juntos en la eternidad, estaremos junto con Él, quien espera ansioso tu llegada”-. Su marido acariciaba su cara con la misma calidez con que hizo en vida. Su corazón comenzaba a latir con menos frecuencia cada vez, pero su alma estaba llena de gozo y su habitación se llenó de olor a canela y a margaritas; le encantaban las margaritas. Se dejo llevar por el sueño eterno, cada vez más estaba convencida de que era su fin, pero no tenía miedo; no estaba sola, estaba con la gente que más la amaban y de seguro al otro lado también lo estaría. Antes de cerrar sus ojos, logró pronunciar difícilmente algunas palabras: - “¿Qué pasará con mis hijos? ¿Dónde están?”-, -“Ellos están bien, la noticia les llegará luego, se sentirán tristes, pero tu intercederás por ellos para que Él los consuele en su gloria”-. Cuando escuchó esto, cerró sus ojos y pude ver la luz más brillante que jamás pudo imaginar, era cálida y la estaba llamando cada vez más fuerte... hasta que se dejó llevar hacia la eternidad. Ya no había dolor, no había miedo ni confusiones. Era algo Supremo. Era Él. Era Todo.

La mujer murió a las 15:12 minutos, un día sábado en la pieza de su casa. Cuando la empleada la fue a ver, corrió de inmediato a un teléfono y llamó a los hijos. Estos a su vez comenzaron a llamar a otros familiares y amigos, acongojados por la noticia.
Pero la hija menor, quien viajaba frecuentemente a ver a su madre y a cuidarla cariñosamente, preguntó algo más acerca de su madre. –“Lo único que puedo decirle, es que acabo de verla, y tiene una hermosa sonrisa en su cara con 2 hoyuelos de margaritas formados en sus mejillas”-.

viernes, 12 de septiembre de 2008

2:33 am


No sé qué me dió a esta hora (2:33 am, número mágico a todo esto) por escribir acá. Hace rato no me daban lapsos de escritura, y no es que vaya a escribir algo interesante, estoy 100% segura que serán tonteras, y más encima, tonteras mías no más.

No sé de que hablar tampoco. Podría hablar de miles de cosas que pasan por mi cabeza... pero me carga. Siempre me arrepiento después. Me gustaría ser un poco más artista y poder tener esa libertad de expresar lo que siento sin miedo y tan bien, como cuando veo una pintura o escucho una canción, una de esas que hasta me hacen llorar cuando ando en esa volá. Pero filo, aprenderé a vivir así. Creo que me gustaría ser varias cosas que no soy y nunca seré, y con el paso del tiempo me he dado cuenta lo mucho que eso me duele. Me duele pensar que el tiempo no regresará y que no puedo hacer nada por mejorar. Porque así es, empeoro y creo que jamás podré vivir sola sintiendome igual de sola por dentro. Y no es que me enferme la soledad, me enfermael hecho de que jamás estoy contenta con lo que soy, tengo miedo de lo que hago porque no sé si soy yo así o no. Tengo miedo a no saber quién soy y al hecho de saber que ni yo quiero acompañarme. No me veo como una sola, me veo como muchas katherines, que ni siquiera se llaman katherine. A veces creo que debo hacer lo correcto, pero no se si es lo correcto para mi. Puede que los demás me digan que están contentos por lo que hago y por lo que soy, pero no estoy segura ni de lo uno ni de lo otro. Mas encima, sé que a nadie le importa. Creo que eso me duele más... saber que debo seguir sola, porque aunque a mi orgullo le duela aceptarlo, lo que más quiero en este mundo es alguien que entienda, que escuche... pero que lo haga bien. No quiero a alguien que me hable de su enfermo y triste mundo siempre, no quiero que me sobreestimen, no quiero pensar que hablo sola.

Les juro, hasta los doctores me dejan así. Después de responder sus estúpidas preguntas como: "¿Y cómo te has sentido?¿Has tenido síntomas?¿muy fuertes? ¿te sientes bien? etc etc bla bla"lo único que saco es irme con los ojos llorosos y una actitud de "me haces perder mi tiempo, inoperante" y se acabó. Para que hablar de otros... quizás me guste ser ingenua pero a nadie le gusta eso. Creo que ni a mí me gusta, ahora que lo pienso. Ser ingenua... ser tonta. Me carga eso, me enferma realmente. Lo unico que acepto a fin de cuentas es que me enoje por tonteras. Lo acepto porque así al menos sé que tengo un rollo en la cabeza que nadie entiende, y que al menos me hace ver que sí estoy sola y lo he estado y lo estaré quizás por mucho tiempo. No sé, terminé diciendo tonteras y al final me siento cansada y con mucho sueño, con ganas de todo y de nada. Sólo sé que dormiré en mi cama de sábanas frías escuchando música y pensando en más tonteras, para no decirlas jamás.